Desenredando

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No me gustan los cierres en falso, no me gustan los cajones abiertos, ni las puertas de los armarios. Sin embargo, siempre necesito saber que puedo abrir una puerta, una ventana al aire fresco. Sentir que por más asfixiante que sea el continente, nunca lo será como para ahogarme porque yo dispongo de la llave. Yo decido si me quedo o me marcho. No como escape, no como una huida hacia adelante, ni tan siquiera hacia atrás. Es una decisión, una opción.

A veces las cosas se nos enredan tanto, que da miedo adentrarse y, sin embargo es sólo adentrando que quizás veamos algo. Es sólo yendo que podemos disponer de todos los datos, sentir las emociones, verdaderas, falsas,  adoptadas, adaptadas. Es sólo estando que desenredamos sin seguir enredando o sin quedarnos con un cómo hubiera sido.

En esas situaciones, a mi me ayuda saber que al igual que en el inicio puedo decidir si entrar o no, puedo decidirlo durante, puedo decidirlo hasta el final.

De jovencita era muy miedosa, me daban terror los túneles del terror (que por algo se llaman así) porque además suelo meterme bastante en el papel, vamos, rozando la más absoluta de las realidades. Sólo podía entrar recordándome que siempre hay vías intermedias de salida, hay una puerta… que jamás tuve que usar. Porque nada estaba pasando en realidad. Eso mismo suele ocurrir muchas veces cuando el enredo es tan grande, conforme vamos entrando, vamos asignando su verdadera dimensión, vamos dándonos cuenta de que muchas partes del enredo no son reales, solo enredos mentales, llegando a la esencia del mismo, pudiéndonos ocupar de esa esencia, centrarnos en ello y decidir si era tal o no el enredo.

Siempre podemos decidir cuándo nos quedamos y cuándo nos marchamos. Hasta donde y cuánto apostamos y hasta dónde y cuánto no. Siempre podemos decidir cuándo abrimos y cuándo cerramos, qué dejamos adentro y qué dejamos afuera. Siempre podemos abrir una puerta.

A veces habrá quien pretenda encallar nuestra puerta,  para que no se abra, para dejarla cerrada. A veces habrá quien ponga un tope para que no se cierre, para colarse, para quedarse.

A veces habrá que hacer algo de limpieza o ponerle algo de grasa. A veces darle un empujón para abrirla o cerrarla, incluso una patada.

A veces sentiremos que hay muchos obstáculos y que ya no quedan fuerzas. A veces nos tentará quedarnos, sin darnos cuenta de que nos estamos asfixiando, enredados  en promesas pasadas, en fantasías, cuentos mal contados, espejismos o historias que siendo para no dormir nos sumergen en su letargo. Ni dentro, ni fuera, ni todo lo contario. Convirtiéndonos en una sombra invisible, en una luz apagada, en un espejo sin reflejo, en una maza sin cantera.

Otras veces iremos a abrir o cerrar con todas nuestras fuerzas y sentiremos, por un momento, la impotencia de su insuficiencia.

Todo ello forma parte de la aventura del desenredo, aunque a veces nos parezca que estamos enredando. Entrando, conservando nuestra llave, aprendiendo, decidiendo, confiando, respirando, sintiendo… iremos desenredando, desenmascarando, quedándonos con la esencia sencilla de las cosas que nos importan.

Y, a veces, siento que así es la vida, un gran enredo imaginario que al final no lo es tanto.

Os dejo con Dani Martin y mira la vida

Mira la vida. Mira la vida, mira. Mira la vida como vuelve y te sorprende. Mira la vida que fondo tiene el cajon. Mira la vida que regala todas las flores que tiene, aunque algunas las arranque con dolor


Se os sigue queriendo.

Photo credit: Pixabay- network

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