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La verdadera conversación prende fuego

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Hace ya un par de años escribía, en este nuestro espacio, sobre nuestra naturaleza relacional y la necesidad de mantener aquellas conversaciones  que consideramos “importantes”  y que, sin embargo rehuimos  generalmente porque los miedos se apoderan de nuestra voluntad, miedos de muy diversa naturaleza y un solo objetivo, que es bloquear nuestra necesidad más auténtica de relacionarnos de una manera sincera, a corazón abierto.

Nuestras relaciones personales se configuran a partir de las conversaciones que mantenemos con los otros, conversaciones y relaciones son una misma cosa. Mantenemos una relación con alguien mientras estemos en una conversación abierta y continua, si por cualquier razón la conversación se interrumpe o termina, la relación también se interrumpe o termina… Por más que aparente lo contrario.

Hace unos días, llegó a mí la siguiente cita de Theodore Zeldin:

La verdadera conversación prende fuego. Se trata de algo más que emitir y recibir información. (…) En la conversación no se trata sólo de conseguir información o compartir emociones, ni es únicamente una manera de meter ideas en la cabeza de los demás. (…) La conversación es un encuentro de mentes con recuerdos y costumbres diferentes. Cuando las mentes se encuentran, no sólo intercambian hechos: se transforman, se remodelan, extraen de ellas implicaciones diferentes y emprenden nuevas sendas del pensamiento. La conversación no sólo vuelve a mezclar las cartas, sino que crea cartas nuevas”.

Dicho esto, entenderéis que no sepa  qué más añadir, me parece precioso!! Cómo a través de la verdadera conversación somos capaces de desarrollarnos, de estar más cerca de la verdad, de gestionar los conflictos, de aclararnos a nosotros mismos, de acompañar al otro, de intercambiar, de crecer, de aprender, desaprender, ajustar, reajustar, descubrir, reprogramar, crear…

Quizás, caer de nuevo en la queja de  qué pocas conversaciones reales mantenemos. Quizás hacer la autocrítica, quizás poner en estas líneas una reflexión compartida que nos permita seguir avanzando.

A mi sentir, es curioso que no acabemos de sacar todo el jugo al lenguaje, a nuestra capacidad de relación, de interacción. Creo que escribimos mucho sobre relaciones tóxicas y cómo afrontarlas o eliminarlas de nuestra vida. A veces siento que acumulamos herramientas como el que acumula armas, para ir a la guerra, a la conquista, en defensa. Como para sobrevivir en un entorno poco favorable. En pocas ocasiones leemos artículos que nos animen a ser curiosos con los demás y con nosotros mismos. Que nos animen a descubrir qué hay detrás de esas relaciones tóxicas o de esos entornos poco favorables, que nos animen a descubrir por qué nos resultan de ese modo, a descubrir dónde está la toxicidad, a enriquecer nuestra verdad, a mantener conversaciones en las que podamos expresar y escuchar desde la intención de crear algo nuevo, no desde el querer ganar, brillar, conquistar. O si, pero querer ganar, brillar, conquistar una verdad más enriquecida, una relación más respetuosa para con todos.

En demasiadas ocasiones soy testigo de conversaciones planteadas en términos de ganar/perder, con objetivos preestablecidos que no somos capaces de remodelar en base a nuevas informaciones, enredándose en una especie de espiral hacia quién tiene la razón, en la que se difumina el contexto, en la que se pierde el verdadero objetivo de. En ocasiones a grito pelado, en ocasiones bajo exquisita forma y escaso fondo.

En demasiadas ocasiones escucho eso de ya he hablado con, ya se lo he dicho, cosa que ya me satisface porque supone que se ha tenido la valentía de afrontar esas conversaciones. El siguiente nivel o el único, en realidad, es el modo en el que las afrontamos. Estamos dispuestos a prender ese fuego del que nos habla Zeldin? A crear nuevas cartas?  O seguiremos enredados en nuestras metas y nuestros miedos?

Creo que fue  Anne Dickson quien afirmó que  “En una conversación, lo que recibimos suele ser reflejo de lo que damos”  Estamos dispuestos a investigar, a experimentar sobre esta afirmación? Estamos dispuestos a “arriesgar”? A aceptar que no estamos en posesión de toda, ni gran parte de la verdad? Para que no? Cuál es nuestro beneficio real al no prestarnos al experimento? Yo misma me regaño por no hacerlo más a menudo, por perderme en mis propios registros. Realmente, el resultado más bonito, lo he podido sentir cuando me he dejado en el fluir de una conversación, cuando me he dejado ser curiosa, cuando he prestado interés sincero en lo que allí ocurría, cuando he dejado un espacio de crecimiento a mis palabras, a mis pensamientos, cuando huyendo de batallas, hemos sido capaces de entrelazar pensamientos y palabras.

“La conversación no sólo vuelve a mezclar las cartas, sino que crea cartas nuevas”.

Barajas?

Se os quiere!

Os dejo con Yuna y Deeper Conversation

“And if you don’t mind
Can you tell me
All your hopes and fears
And Everything that you believe in
Would you make a difference in the world
I’d love for you to take me to a deeper conversation
Only you can make me
I let my guard down for you
And in time you will too”

 

 

Photo credit: Pixabay Póquer

Expectativas

dandelionsVivimos expectantes, en la expectativa y a la expectativa.

No es un juego de palabras, si te observas, te pillarás en ello.

Vivimos esperando con curiosidad y tensión un acontecimiento que para nosotros es más o menos importante; manteniendo la posibilidad de que suceda, a la espera de que suceda, con la convicción de que pasará, porque en realidad no vivimos las expectativas como una posibilidad, sino como algo a lo que tuviéramos derecho, algo que ya hemos visto, que ya hemos mirado (exspectātum), que a lo sumo sólo está por llegar.

Es muy curioso como funcionamos, hay cosas que damos por sentado, de las que ni si quiera esperamos porque, desde nuestro más profundo inconsciente, las damos por descontado. Estas forman parte de nuestras rutinas cotidianas, se integran en nuestra mirada como el paisaje, sin darnos cuenta de que al igual que el paisaje también cambian, sin prestarles atención ni importancia y sin embargo tienen el mismo efecto que el aire que respiramos…nos dan vida. Damos por sentado que al levantarnos nos darán los buenos días, que estará preparado el zumo de naranja, las toallas limpias; que estarán cuando lleguemos a casa, que cenaremos juntos, que nos felicitarán por nuestro cumpleaños, que nos mostrarán su sonrisa, nos darán su abrazo, que pasará la primavera y llegará el verano. Lo damos por sentado porque así ha sido desde… ni recuerdas…

Hay otras cosas que las damos por descontado aunque desde la consciencia de que así lo esperamos. Estas forman parte de nuestras creencias, de nuestros valores y de cómo nosotros actuamos. Esperamos de nuestro entorno más intimo que nos entienda, nos escuche, nos recoja, nos adivine, incluso nos sorprenda; esperamos que nuestros amigos siempre estén, esperamos que nuestros hijos sean de determinada manera, esperamos obtener una respuesta cuando la necesitamos, ese reconocimiento, esa llamada, ese mensaje, ese detalle…

Otras las esperamos desde la consciencia de saber que aún no han llegado, en la absoluta creencia de que serán o con altas posibilidades de que sean porque sentimos que nos las hemos ganado. Y a la expectativa de que sucedan… suspendemos nuestras vidas, posponemos decisiones, alargamos situaciones, condicionamos el presente, comprometemos nuestro fluir, nos anticipamos. Esperamos esa promoción, esa declaración, esa oportunidad, esa relación…

Hay expectativas que no son tales sino fantasías, alucinaciones, delirios… tan reales como los espejismos del desierto, cosas imposibles a los ojos de los otros, reales a los nuestros.

Y por último están las expectativas que de nosotros tienen, porque esto no va de uno solo, sino del uno con el otro, formando entre todos una perfecta maraña de deseos no expresados porque los damos por sentado, los hemos descontado.

Vivimos expectantes, en la expectativa y a la expectativa y… a veces se cumplen y a veces no, Siendo la causa de grandes realizaciones y profundas decepciones.

Y hay quien nos habla de la gestión de las expectativas, como si las expectativas pudieran gestionarse, confundiendo, a mi modo de ver, expectativas con compromisos, expectativa con exigencia. Y hay quien nos recomienda, desprenderse del deseo, “Deseo poco y de lo poco que deseo, deseo poco” (San Francisco de Asís) como si la solución al desasosiego fuera no sentir, como si no desear no implicara no vivir, como si no hiciera desaparecer mi latir. Y También quien nos habla de realismo y pragmatismo, olvidando que las expectativas pertenecen al mundo de lo que no se puede tocar, sólo intuir, al mundo de lo que nos hace volar. Y luego está aquello de que la esperanza es lo último que se pierde y que el que espera se desespera.Y que son las expectativas sino la esperanza de que algo sea como imaginamos, como deseamos? Y quien tiene la templanza para no inquietarse ante su incertidumbre? O para no desesperarse ante su tardanza o su no llegada?

Mis expectativas son la expresión de lo que yo deseo, forman parte de mi y lo único que me pido es ser consciente de ellas, no darlas por sentadas y mucho menos por descontadas, darles presencia, darles palabra, darles acción, huir de la exigencia, sin comprometer mi fluir. Vivirlas, quererlas, promoverlas, tanto cuando me proporcionan satisfacción y realización como cuando me traen desasosiego y dolor porque siempre, siempre, me acercan a mi mejor versión.

Y respecto a las que sobre mi tu tengas, sólo puedo decirte que no te detengas que yo haré…lo que pueda!

Vivo expectante, en la expectativa y a la expectativa.

Un abrazo!

Photo credit: Morgefile Dandelions