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Estando presente

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Cuando el oído es capaz de oír, entonces vienen los labios que han de llenarlos de sabiduría” (Kybalion)

Es infinitamente curioso, excitante, pasmoso! Sólo podemos percibir cuando activamos los sentidos.

Supongo que todos experimentasteis en el cole, aquellos ejercicios en los que, con los ojos vendados, debíamos adivinar los sabores, el tacto de diferentes texturas, el olor de esencias entremezcladas (siempre estaba el gracioso de la pimienta que nos colapsaba el olfato en un alud de estornudos interminable, llorando los ojos!). Nos tapaban la vista para dar paso al resto de sentidos, aunque os diré que a mí me encantaba cuando nos tapaban los oídos y debíamos agudizar la vista, con esa mirada desde el interior que todo lo mira, todo lo cambia.

Si habéis iniciado mindfulness, sabéis que una de las maneras de practicar el estar presente (la única manera de iniciar) es volver a ser consciente de los sentidos, escuchar a las neuronas sensitivas, potenciarlas para que de nuevo conversen con nuestro sistema, nos manden la información, nos ayuden a tomar conciencia. Ellas nunca dejaron de recibirla, fuimos nosotros quienes las dejamos de escuchar.

Haciendo cosas tan simples como saborear un trocito de menta con los ojos vendados, oler un ramita de tomillo con los ojos cerrados, preparar una ensalada de fruta con plena conciencia, pasar las manos a medio milímetro de la piel, comer en silencio, pasear en el momento… Tomamos conciencia de los sentidos, abrimos los canales a la información, sentimos! Redescubrimos el sabor fresco de la menta, el aroma intenso del tomillo extendiéndose por nuestros alveolos, el crujir de la fruta al cortarla, la explosión de sabores en la boca, el erizarse del vello de la piel, las dimensiones de lo que nos rodea.

Estando presente, abrimos los poros, abrimos los canales y, lo interesante, lo pasmoso, es que no lo hacemos sólo a nivel físico, algo se reprograma en nosotros que nos abre accesos, posibilidades.

Estando presente se nos abren caminos que estaban cerrados, caminos que en un momento dado clausuramos porque quizás los entendimos arriesgados con tan solo intuirlos, sin tan siquiera adentrarnos. Descubrimos caminos que simplemente no estaban a la vista de nuestros ojos cerrados. Caminos de sabiduría que en su día no vimos o nos asustaron, no estábamos preparados.

Estando presente, conscientes, activados, somos capaces de percibir como se activan las ondas gamma consecuencia de nuestra actividad sincronizada, armonizada, como si de una orquesta sinfónica se tratara. Accediendo entonces a una sensación de mayor lucidez, frescura, emotividad… Se aumenta la capacidad sensorial de nuestros sentidos y se activa nuestra memoria haciéndonos disfrutar de una actividad sensorial mucho más rica que, a su vez, alimenta la generación de ondas gamma. Se abren nuevos caminos de conexión sináptica, elevamos nuestra capacidad cognitiva y sensorial.

Estando presente, accedemos a nuestro mayor potencial.

Y, es entonces, cuando los canales están abiertos, que podemos escuchar, que podemos entender. Es entonces cuando damos sentido a aquellas conversaciones, a aquellas frases, a aquellas situaciones. Es entonces cuando releyendo un libro nos parece nuevo, cuando mirando al conocido lo descubrimos. Es entonces cuando el sentido de las cosas aparece, toma relieve, vida propia, podemos verlo, se nos hace evidente. Es como correr las cortinas y que entre la luz en todos los rincones, es entonces que podemos ver lo que estaba oculto, podemos distinguir las figuras que tan solo intuíamos, poner color a las que veíamos en escala de grises. Es entonces que se nos queda la boca abierta ante tan espectacular evidencia. Es entonces que tomamos conciencia de lo dormidos que estábamos, lo apagados, lo en automático, tomamos conciencia de lo que nos hemos perdido y de lo perdidos que hemos estado, liados en pensamientos, laberintos inventados, ofuscándonos en mundos artificialmente complicados, desconectados de los sentidos y de lo sentido.

Es entonces que abriendo la mirada, somos capaces de ver lo precioso de nosotros mismos, de enamorarnos de nuestra esencia, de recorrer todos los caminos, incluso de iniciar los que  no están ni dibujados.

Es entonces que somos capaces de decidir y elegir desde la libertad interior, desde la claridad del amor.

Y todo eso empieza saboreando esa hoja de menta, con los cinco sentidos…

Os dejo con Gamma Ray  y su versión en vivo de “The Silence” (no os perdais la letra) Rock duro del sensible.

Un abrazo!

Photo credit: Pixabay mint

Sé quien eres

IMG_4796Sentir que ya te conozco
Sentir que ya habiamos estado aquí
Que no es la primera vez que tu mirada me inunda
Sentir tu roce y… no me tocas la piel
Que tus brazos ya me rodearon
Que tus labios ya me besaron
Reconocer el vibrar de tu voz
Reconocer tu olor,
tu andar alegre y ligero,
tu sonrisa encontrando la mía
Sentir que compartimos pensamiento,
en el mismo instante,
en el mismo momento
Sentir que mi mirada viene de otro lugar
Sentir el fluir de tu latido,
unísono al mío, igualando ritmo
Saberse una sola esencia
Cerrar los ojos, no distinguir fronteras
Fusión de energías, fuente original de vida,
pulsión, serenidad, más vida
Sentir el grito sordo de la libertad
Sentir que los cuerpos se diluyen sin más
Que la tierra desaparece
Que no veo más allá
Que siento la eternidad
Que no me importa donde estés porque aqui estás
Que no me preocupa cuando será porque ya fué
Que nos unen lazos de amor.
Sé quien eres

De esas cosas bellas.

indiaDe esas cosas bellas que me dan la fuerza, de esas cosas bellas que me conectan, de esas cosas bellas que sé dónde están…aunque no se vean.

Me encanta observar y no, no es que sea una mirona, es que me encanta observar a las personas, me gusta mirarlas, “entrever” y sentir sus historias, ver su esencia.
No me importa estar en el aeropuerto unas horas y ver su tránsito, sus llegadas, sus salidas, me encanta ver los reencuentros y también las despedidas sentidas, hay quien va solo pero le sientes acompañado, hay quien va acompañado pero le sientes solo. Ves las complicidades, las tensiones, las risas, los llantos. Ilusionados unos ante un viaje deseado, incómodos otros porque aunque “tengan que” no les gusta eso de volar o, el destino al que van. Adormecidos los del primer puente aéreo. Agotados los que llegan en el último vuelo, hayan ido en primera o no. Un aeropuerto es un verdadero catálogo de emociones, lo ves en su caminar, en su hacer, en sus ojos… sobre todo en su mirar… penetrante en unos, opaco en otros.
Igual cuando paseas por una calle en cualquier lugar del mundo, se puede sentir la misma danza.
Igual cuando la naturaleza es la que te rodea, se puede sentir la misma melodía, unas veces suave y armónica. Abrupta y tormentosa otras, siempre viva.
Soy afortunada y he podido visitar unos cuantos rincones del mundo tan variopintos como Manhattan, El lago Inle (Myanmar), el desierto del Wadi Rum, La Habana o Moscú. Cuando viajo me encanta mezclarme en el día a día de donde sea que esté y observar, visitar los mercados, las calles no turísticas, los pueblos perdidos, escuelas, alguna residencia de mayores, sus lugares de oración… Si he tenido ocasión, me he sumado a alguna celebración, he visitado sus hogares…les he conocido mejor. No tengo nada en contra de los museos, ni de los restos arqueológicos, palacios o exposiciones. Me gusta saber de la historia, de los antecedentes, de sus ancestros y costumbres, siempre y cuando se les ponga vida, cuando pueda imaginarme quienes estaban, por qué pintarían, cómo vivían, que estarían sintiendo, lo que la obra transmite desde aquellos tiempos hacia éstos.
Recuerdo recorrer el Foro Romano, oyendo el sonido de los cascos de los caballos contra la piedra, de los herreros moldeando sus piezas, oliendo a tortas de trigo recién hechas, a vino y a aceite de oliva, a lo lejos el barullo del mercado, casi imperceptible… su música y…también el olor a sangre.
Recuerdo sentir el dolor de los esclavos inacabados de Miguel Angel queriendo separar el alma del cuerpo enclaustrado.
Recuerdo sentir angustia, incluso miedo, recorriendo el monumento al Holocausto de Berlín…faltaba el aire, aunque esté al aire.
Recuerdo el rojo intenso del acabar del día en el Wadi Rum, cuando todo se silencia, todo duerme y las estrellas te hablan de la infinidad, te recuerdan que es de día en otro lugar, que la Tierra jamás se silencia, que no sabemos más allá y parece que hasta te invitaran a averiguar al acercarse cada segundo un poco más.
La mirada pura, cristalina, cuasi infinita de los monjes budistas.
El abrazo de una madre de significado universal.
El silbido mágico de las ramas de la Fageda.
La mirada unísona de los enamorados.
La caricia  sedosa del mar a la arena.
El fluir de la sangre en las venas.
El latido del corazón.
Transpiración.
Conectividad.
Avatar.

Es en esos momentos, en cualquier rincón del mundo, cuando observo y siento todas esas cosas bellas, esas esencias auténticas; cuando siento los millones de matices de emociones que somos las personas y sus conexiones con sus presentes, sus pasados, sus infinidades. Cuando siento la fuerza que somos, cuando siento que somos parte de esa naturaleza… de ese todo… sincronicidad… Es entonces que me invade la emoción de un gran placer, un placer agudo, intenso, profundo, denso. Quizás sea felicidad, no lo sé. Seguramente el nombre de igual, lo importante es que siento que esas cosas bellas son las que nos conectan, de las que nos podemos alimentar haciendo posible cualquier cosa desde ese lugar. Sólo nos tenemos que atrever a entrar, sentir y observar.
Me gusta observar y no, no es que sea una mirona, es que me encanta su sabor!
Un abrazo!

Photo Credit: Sergi López