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Miles de años después

descubrimiento

Nuestra aldea se encontraba en una meseta soleada a 4.500 metros sobre el mar, más allá de las tierras habitadas, rodeada de cumbres que elevaban sus picos por encima de donde las águilas vuelan, sus límites se perdían en el horizonte del cielo y, sólo en la noche donde el sol no duerme, podía apreciarse sus siluetas por encima de las nubes, en todo su esplendor.

Desde tiempos inmemorables nuestra tribu se había asentado en ese lugar, contrariamente a otras tribus, esencialmente nómadas, nosotros habíamos encontrado allí nuestro hogar y no sólo nuestro hogar, nuestro origen, como si todo hubiera comenzado allí y allí debiera terminar. Aquel lugar nos proporcionaba todo lo que necesitábamos para vivir, nuestros hijos crecían felices, nuestras mujeres eran fértiles y nuestras tierras generosas. Espiritualmente, éramos una tribu muy avanzada, solo otras tribus de un lugar llamado el techo del mundo, podían superarnos, según los vientos nos habían contado.

Era difícil saber desde cuando, los más ancianos, nombraban a un antepasado varios cientos de años atrás, eran historias heredadas de mi estirpe, de mis ancestros, historias que aquel día resonaban especialmente en mi, ese día, yo tomaba la responsabilidad de guiar a los míos, de cuidarlos, protegerles, proveerles, velarles, honrarles y de hacernos avanzar más como comunidad… Sentía el peso de esa responsabilidad, a la vez que el orgullo y la ilusión por ello… todo llega y ese día también.

Prepararon los mejores frutos de las cosechas, las mejores carnes de los venados, pan caliente. Cánticos, ofrendas… estábamos de fiesta, de celebración, para nosotros ese relevo era una forma de honrar nuestras tradiciones, nuestros legados, en una mirada al futuro y… sin embargo algo dentro de mí…. no me estaba dejando disfrutar. Sentía una sensación lejana, pero muy clara de alarma…

Años de abundancia se fueron sucediendo, hasta que algunas cosas empezaron a cambiar. Sin apenas poderlo percibir los días se acortaban, los inviernos se endurecieron, las cosechas se aminoraban, los hielos eternos bajaban por las laderas de nuestras montañas, cada vez nos resultaba más complicado salir de caza y cada vez más, necesitábamos de esas grasas…nuestra energía se estaba debilitando… aquella sensación de alarma empezó a ser más que una sensación.

Todos veíamos, pero ninguno quería ver…. El hielo rodeaba ya nuestra aldea, las escasas horas de sol ya no eran suficientes para calentarnos, las cosechas eran ya casi inexistentes… No teníamos fuerzas para salir a cazar y las reservas mermaban….

“Tenemos que buscar otro lugar”; Moriremos!! Este es nuestro lugar; “Aquí moriremos igual, más sin honrar nuestro legado, debemos salir y darnos la oportunidad de encontrar otro lugar”

Anduvimos durante dos lunas, hasta la cima de las montañas, desde allí podríamos ver a dónde dirigirnos.  Durante el ascenso pudimos ver como una inmensa capa de hielo cubría por completo aquel que fue nuestro hogar, sacudiéndonos la tristeza… seguimos nuestro camino. Nos alimentábamos de grasas, descansábamos amontonados, proporcionándonos calor unos a otros, éramos una familia, no íbamos a dejar a nadie atrás… Durante aquellos días, nuestros lazos se hicieron mucho más fuertes. La aurora boreal era la única luz que nos acompañaba, sus colores eran tan intensos, nítidos, relajantes… inspiraban nuestros cánticos, cánticos que a modo de mantra nos hacían avanzar. Es difícil explicar como una  experiencia tan dura, fue a la vez, tan sumamente gratificante, podíamos sentir el impulso de esa energía única que nos acompañaba, la energía de la alineación plena.

Pasadas dos lunas, llegamos a la cima… donde se perdía el horizonte parecía verse una luz similar al sol, en medio solo azul, un azul intenso, cristalino…frío. El reflejo de una placa de hielo de extensión infinita a nuestra vista. Sólo hielo a nuestro alrededor.

Silencio.

Brillo tenue en las miradas, éramos conscientes de esa posibilidad…

Iniciamos los cánticos, al ritmo de nuestros latidos, íbamos a morir, pero nos habíamos movido, nos habíamos dado una oportunidad, íbamos a morir con la satisfacción de haber honrado nuestro legado, con la satisfacción de haber estado a la altura de nuestra estirpe, de haberlo intentando, de superar la parálisis y el miedo, acompañados en ese uno solo en el que nos habíamos transformado.

Hoy, miles de años después, sigo acudiendo a esa experiencia, a esa fuente que me permite recordar quien fui, quien soy y para qué estoy aquí.

Photo Credit: Google